En los años 80, cuando la tele estaba llena de programas de concursos y militares desfilando, tres cabros de San Miguel decidieron que no iban a cantar “te amo” con guitarra acústica ni menos a bailar como Village People. Jorge González, Miguel Tapia y Claudio Narea agarraron sus instrumentos, un par de casetes y dijeron: “¿y si le cantamos a la realidad, pero con ritmo bailable?”.
Así nacieron himnos como “El baile de los que sobran”, que se transformó en la banda sonora de los cabros que no entraron a la universidad, de los que iban en micro a la pega y de los que soñaban con algo distinto a la dictadura y el consumo importado.
Curiosidad: la canción “We Are Sudamerican Rockers” fue pensada como una broma para impresionar a MTV. Lo chistoso es que sí funcionó: Los Prisioneros terminaron siendo de los primeros grupos chilenos en sonar fuera del país.
Los Prisioneros no eran virtuosos ni tenían el pelo con laca como los gringos, pero tenían lo que más duele: letras directas y un coro que todo Chile podía gritar. Y aunque se pelearon como en cualquier relación tóxica, lo que dejaron es eterno: la prueba de que una guitarra, un bajo y una batería podían incomodar más que cien discursos.






