Si la poesía chilena fuera un cóctel, tendríamos a Gabriela Mistral como la parte dulce, a Pablo Neruda como el vino con cuerpo… y a Nicanor Parra como el hielo que hace ruido y desordena todo.
Parra, profesor de matemáticas y físico, miraba los poemas solemnes de sus colegas y dijo: “Esto está muy serio, mejor hago lo contrario”. Así inventó la antipoesía, que es básicamente poesía, pero sin trajes ni corbatas, con chistes, paradojas y frases que parecen grafitis.
Parra escribía en servilletas, pizarras y hasta en envases de yogur. En los años 80 sacó los famosos Artefactos, pequeñas tarjetas con dibujos y frases cortas que eran como los memes de la época.
Lo que Parra enseñó es que la poesía no tiene por qué estar en un libro caro: podía estar en un cartel de feria, en una clase de física o en la mesa del living mientras uno se queja de la vida. Por eso le decían antipoeta: porque se reía de los poetas… y de paso de todos nosotros.
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